Desde el pasado 11 de Octubre, hace ya ocho meses, los barcos FELEFONICA AZUL Y TELEFONICA NEGRO llevan en regata, compitiendo en la prueba náutica más extrema, la VOLVO OCEAN RACE.
En este tiempo, desde el puerto de Alicante de donde salieron el 11 de Octubre pasado, hasta San Petersburgo donde llegarán en Junio, habrán recorrido 37.000 millas en seis etapas, en las que ya han tocado Ciudad del Cabo en Sudáfrica, Cochin en la India, Singapur, Quindao en China, Río de Janeiro en Brasil y Boston en los EEUU.
Han pasado tres veces el Ecuador, han recorrido el Océano Atlántico, el Indico y el Pacifico y aún les queda cruzar de nuevo el Atlántico hasta Inglaterra. Luego el Mar del Norte hasta Goteborg en Suecia, para terminar en el Báltico, en San Petersburgo.
¿Qué tipo de gente es capaz de someterse a esa prueba voluntariamente? Desde luego, deportistas excepcionales, amantes del riesgo y enamorados de la mar hasta el punto de afrontar el reto de enfrentarse a ella navegando a vela.
Entre ellos, gente de nuestra tierra, criados aquí y formados en esa cantera de regatistas y navegantes, felizmente inagotable, que es la Bahía de Santander.
Los cinco cántabros, repartidos en los dos barcos que compiten bajo el pabellón español son: Pablo Arrarte, Fernando Echávarri, Javier de la Plaza, Antonio “Ñeti” Cuervas-Mons y Pachi Rivero, elegidos para esta prueba entre los centenares de navegantes cántabros que pertenecen a la élite de la vela española e internacional.
Cada uno en su barco juega un papel distinto: Hay patrones, trimmers, proas y navegantes, pero en “La Volvo”, las especialidades no cuentan cuando hay que echar una mano cuando toca sobrevivir.
La “Volvo” quiere ser una prueba extrema, aunque luego añadan que dentro de un grado razonable de seguridad.
Los barcos son diseñados ex profeso para esta regata, acumulando las experiencias sacadas de los prototipos de las anteriores ediciones, y realmente están teniendo un comportamiento excelente. Los esfuerzos a que están siendo sometidos, por las condiciones de mar y viento y la duración de la prueba son tales, que si son capaces de terminar la regata, habrá que descubrirse ante sus diseñadores y constructores.
Por supuesto, si el barco aguanta, la tripulación no puede quedarse atrás.
Para hacer la regata más competitiva, la Organización acota las características del barco para que la tecnología no sea determinante, obligando a barcos prácticamente iguales.
Gana el equipo que mejor gestiona, construye y navega. Pero la épica es para los tripulantes.
En esta prueba el buen tiempo juega en contra. Los navegantes dedican mucho tiempo en estudiar los datos metereológicos para localizar las borrascas y sus vientos asociados que les permita ir más deprisa.
Claro que los fuertes vientos levantan duras mares, con olas de hasta catorce metros.
Por si fuera poco, las “autopistas” del mar, donde se puede ir rápido, están en latitudes bajas, próximas a los polos, y el viento allí es cortante, el agua helada y el peligro de encontrarte un iceberg grande.
En esas condiciones las olas barren permanentemente la cubierta, golpeando a los tripulantes con tanta fuerza, que deben protegerse la cabeza con cascos.
La industria que fabrica ropa de abrigo lleva muchos años investigando con todo tipo de materiales y perfeccionando las ropas de agua. Nuestros tripulantes, para soportar esas condiciones, disponen de las mejores, pero así y todo, el agua entra hasta donde uno no quisiera, pero es que además no sale…
Así días y semanas. Subiendo a cubierta cada dos o cuatro horas para hacer la guardia, pero en la litera te acuestas con la misma ropa, porque quitarte cuatro capas de ropa lleva media hora y sobre todo, no serviría de nada…
Dentro del barco, el ruido del agua pasando bajo el casco es atronador y constante, pero peor son los innumerables ruidos que no identificas: Los de la estructura del barco sometida a esfuerzos extremos, los anclajes de los cables, las poleas y los cabrestantes de los cabos, los trastos que sin estiba van de un lado a otro, e incluso los mil golpes que ellos mismos reciben en cada bandazo.
Y afuera…El silbido del viento en la jarcia, el tableteo de las velas, las órdenes y los avisos a voces inteligibles. Y si levantas la cabeza, el cielo negro del chubasco interminable, olas del tamaño de una casa que vas a pasar por medio, espuma por todos los lados, mientras te preguntas quién coño te mandó venir…
Pablo Arrarte, que nunca antes había hecho regatas oceánicas, en un momento como estos se arrepentía: “Seguro que no hago una vuelta de estas ni de coña. A ver si acabo ésta”.
Navegar contra un viento de 40 nudos durante cuarenta y ocho horas es muy duro. Hay que saber que cada golpe del casco contra la ola (pantocazo), repercute en todo tu cuerpo como si condujeras a más de cien por hora por una carretera de grandes socavones, durante días y días…Pero sin parabrisas, soportando el más violento de los diluvios.
Y sin embargo, empeñados en ir más deprisa, en forzar el barco a tope, ¿Hasta donde? El límite lo adviertes demasiado tarde, cuando la avería se produce.
Estás tan identificado con todas y cada una de las partes del barco; has visto como soportaba tan tremendos esfuerzos y tensiones, que confías que también ahora aguantará.
Y así es. No dejas de pedirle más y más al barco hasta que un herraje salta por los aires, se desgarra una vela en mil pedazos, una botavara se parte en dos, aparece una grieta en el casco, un pistón hidráulico revienta o una ola excepcional te daña la orza y el timón.
Cuando eso pasa te arrepientes de haber arriesgado demasiado, pero cuando los demás navegando en las mismas condiciones te superan, dudas de si te quedaste corto, si fuiste demasiado conservador…
Porque no olvidemos que “la Volvo” es una regata. Que compites con otros ocho barcos y si los demás aguantan, tú tienes que hacerlo también o quedarte atrás. Y que hay mucho trabajo y dinero comprometido.
Combates el miedo repasando la secuencia de recursos que te quedan para afrontar los posibles peligros: si chocamos con un objeto flotante, el agua no entrará porque tenemos un mamparo estanco en proa; si se me suelta un arnés tengo otro que me sujetará para no irme al agua; si el viento aumenta reduciremos vela; si la mar se pone imposible nos pondremos a la capa…Así hasta acabar en la balsa salvavidas accionando la baliza de socorro para que vengan a recogernos.
Pero el miedo sólo es un sentimiento ante lo desconocido. Cuando superas una determinada situación, alcanzas un nivel superior de confianza y reduces una parcela de tus miedos. Así vas adquiriendo experiencia y seguridad en ti mismo.
Por suerte, en este camino no vas sólo, cuentas con los veteranos que ya han pasado por ello, a quienes respetas y agradeces sus consejos. De ahí imanaba la tranquilidad que le daba a Antonio Cuervas-Mons, “Ñeti”, tener a Pachi Rivero a bordo. Pero no todos son momentos malos. Como en toda aventura, cuando te enfrentas a situaciones difíciles y las superas, la recompensa es grande.
Cuando después de haber superado hasta tres temporales seguidos, al fin sale el sol, puedes quitarte la ropa y ponerte otra seca, cambias las barritas energéticas y los alimentos liofilizados por un plato de pasta, te relajas y pones orden en tu cuerpo y tus pensamientos… Sólo tu sabes lo bien que te sientes.
Aquí es cuando Pablo Arrarte, olvidándose de lo que había pensado primero, reconoce: “Probablemente me embarcaré de nuevo en otra de estas…”
La satisfacción de conocer el valor que hay que echarle a la vida para llegar desde Puertochico hasta aquellos sitios inverosímiles es muy grande.
Pasar el Ecuador, no una, sino tres veces. La primera, como el caso de Javier de la Plaza y Antonio Cuervas-Mons, “Ñeti”, soportando las novatadas de los más veteranos. Para Pablo Arrarte, pasar el Cabo de Hornos, como antes lo hicieron sus héroes de juventud, significaba entrar a formar parte de pleno derecho de un club donde muy pocos pueden acceder. Dedicó la hazaña a su Padre, que sin duda estaría orgulloso de él.
“Ñeti” y Javier de la Plaza tendrán que esperar otra oportunidad para “doctorarse” en el Cabo de Hornos. Su barco, el Telefónica Negro, no pudo hacer esta etapa. Estuvo fuera de combate mientras se reparaba la grieta del casco que se produjo enfrentándose a las tormentas, con vientos de proa de 60 nudos, frente a las costas de Filipinas. Conocer la India y sus gentes, los Mares del Sur, China, Singapur, las Islas Fidji (donde a Pablo Arrarte le hubiera gustado quedarse), entre arrecifes, blancas arenas y cristalinas aguas….
La satisfacción de por fin ver tierra, y llegar a puerto y abrazarte con los tuyos… El balance entre “ratos buenos y “malos” se inclinará hacia estos últimos, pero en poco tiempo se olvidarán y empezarás a echar en falta la mar, un nuevo reto, y te dejarás convencer otra vez…




