A por el bonito pero que sea del norte

Imprimir PDF

“Ahí está, ahí está…”. Es el grito de ‘guerra’ que todos los aficionados a la pesca del bonito están esperando a pronunciar por estas fechas cuando el hilo de sus carretes pasa de la más absoluta tranquilidad a la locura en cuestión de segundos: “por fin ha picado uno”. Y es que es a mediados de junio cuando patrón y demás tripulantes echan sus barcos a la mar un día sí y otro también para practicar uno de sus ‘platos’ preferidos. Una temporada, la del bonito –y del norte, claro-, que dura todo lo que dura el verano: hasta septiembre. Buena pesca.

Es un día cualquiera de la época estival y una pandilla de buenos amigos decide quedar para preparar lo que será un día de pesca. Pongamos que son cuatro, un buen número. No hay que pecar ni por exceso ni por defecto. Como mandan los cánones siempre conviene estar muy atento a las condiciones meteorológicas para salir a la mar sin ningún sobresalto. Esto no significa que para pescar bonitos tengan que darse unas condiciones especiales, pero la prudencia impera por encima de cualquier otra consideración. “Salir cuando el parte meteorológico lo aconseje y no ir en contra de la mar porque no hay que jugarse el tipo cuando se sale a pescar a unas cuantas millas de la costa”, esta es la primera premisa que siempre tiene en cuenta Antonio F., un veterano en estas lides con 20 años de experiencia, tantos como patrón de embarcaciones de recreo.

De lo que se trata al final es de pasar un buen día de pesca, y si éste culmina con unas cuántas capturas… mejor que mejor. Ahora bien, puede darse la circunstancia de que a lo largo del día apriete el nordeste más de la cuenta, y es entonces cuando la aventura puede volverse menos agradable pero más agradecida, ya que como dice Antonio “no solemos salir sólo cuando hace bueno, sino también cuando la mar está un poco picada, tenga un pequeño ‘marejote’. Nos gusta porque el pescado entra muy bien”.

Ni que decir tiene que antes de cualquier escapada las embarcaciones tienen que estar en perfectas condiciones de navegación. Esto implica que hay tener los barcos preparados: tanto de fondos o de hélices como de limpieza en general. Todo, entre otras razones, para que haga el mínimo ruido posible “porque esos los bonitos detectan enseguida un mal comportamiento de una hélice o de un eje. Hay que hilar muy fino para que el barco vaya muy bien”, señala el patrón.

Ha llegado el día en el que Antonio F. y su ‘tripulación’ se plantan a las 5 a.m. en el pantalán del Puerto Deportivo Marina del Cantábrico para pasar las próximas 14 horas navegando en busca de los preciados túnidos. En un Beneteau Antares 760 (eslora: 7,60; manga: 2´80; y calado: 0,95) todos se disponen a embarcar para pasar una buena jornada de pesca deportiva. “Normalmente suelo llevar siete u ocho aparejos en el barco, y cada caña lleva un señuelo con el fin de dar con el bonito”, apunta Antonio. Y no conviene olvidar que para que el día salga redondo nada mejor que llevar unos buenos fiambres acompañados de un buen vino. Prohibido cocinar durante la jornada que hay que estar a la que salta.

Rumbo a los cantiles
Parten rumbo a la búsqueda de los bancos de bonitos. La primera hora y media/dos horas se dirigen, a una velocidad de entre los 10 y 15 nudos, hacia los denominados ‘cantiles’, que es la ‘línea’ donde se pasa de una profundidad de unos 200 metros a unos 2000, para lo que hay que adentrarse unas 12 millas mar adentro. “El sistema que utilizamos normalmente es el de cacea, es decir, vamos avanzando a una velocidad media de 7 nudos buscando los bancos de bonitos, y esto puede suponer alejarse unas 35 ó 40 millas hasta que los encontremos, ya que los bonitos hay que buscarlos de los cantiles hacia afuera. Esto no quita que algunas veces nos guiemos por las coordenadas de otros compañeros o profesionales que han pescado en una situación de latitud y longitud determinada. Es entonces cuando echamos los aparejos, pero lo hacemos casi siempre a partir de las 12 millas y siempre buscando el bonito mar adentro, al norte”, aclara Antonio F. Como curiosidad apuntar que a partir de las 9 millas la tierra desaparece, sólo están los tripulantes en medio de un desierto de agua con ganas de pescar unos hermosos bonitos. “Se trata de estar todo el día. Salimos muy pronto para que al alba -a las 7 a.m.- ya estemos pescando en cantiles, y de ahí hasta donde lleguemos, dando vueltas hasta que damos con los túnidos. También tenemos los aparatos de sonda que detectan el banco. El secreto es buscar y buscar.”, dice Antonio.
Tiempo muerto
Y cómo no, entre captura y captura siempre están esos tiempos ‘muertos’ que no hacen honor a su nombre, o eso se desprende de las palabras de Antonio F.: “Cuando no pescamos estamos charlando, cantando, comiendo, bebiendo…, hablamos de la pesca y de muchas otras cosas a la espera de que entre algún bonito. Nunca tenemos tiempo para aburrirnos. Lo pasamos bien”.

Pero mientras animan la espera, de repente el carrete, que lleva incorporado un freno muy suave que nos avisa cuando la presa pica el anzuelo, empieza a bailar muy lentamente y, en cuestión de segundos, ese baile se vuelve más brusco. El silbido que lo acompaña no deja lugar alguno para la duda. Todos a sus puestos. Comienza la pelea por sacar al bonito del agua, y siempre con mucho tacto. “Normalmente uno lleva el barco por el mejor lado posible para que el otro vaya cobrando de la caña para traer el bonito. A su vez un tercero se encarga de ‘engamar’ —pinchar al bonito— para subirle a bordo. Es un trabajo muy bonito, sobre todo cuando subes la captura al barco”, explica Antonio F. Hay que decir que a veces los peces no vienen bien cogidos por el anzuelo y se escapan, “pero la mayoría suelen subir”, sentencia el patrón.

Que quede claro que subir un bonito no es nada fácil, cuesta lo suyo. Sobre todo si el ejemplar en cuestión ronda los 45 ó 60 kilos. Esta es la ilusión de cualquier pescador, hacerse con una pieza de este tamaño, sea de la especie que sea. La lucha por subirle a bordo es harina de otro costal, hay que pelearlo. “Yo suelo pescar todos los años alguno de éstos”, reconoce un orgulloso Antonio. Pero no se vayan a pensar que siempre es lo mismo, lo habitual es que lo bonitos que pescan pesen entre los 8 y los 15 kilos. Al final de la temporada, por septiembre, suelen venir lo que ellos llaman los “tomateros”, es decir, los más pequeños, los que rondan los 4 kilos.

Vuelta a casa
Todo llega a su fin, y después de una larga jornada de pesca toca dar media vuelta rumbo al puerto. Es el momento de sacar las primeras conclusiones y de repartir el ‘botín’. Una vez que atracan la embarcación sólo queda limpiar el barco, comentar la ‘jugada’ en el bar y cada uno a su casa con bonito para unos cuantos días. Y como dice Antonio F. “esperando a que llegue el día siguiente para volver a salir a pescar”. Está claro que nuestro patrón disfruta, y si no es a bonitos, y en función de la época del año, será a calamares, besugos, lubinas, jargos… Después de 20 años saliendo a la mar, cualquier momento es bueno para disfrutar de un buen día de pesca.