Son
muchos los ilustres que se han ganado a pulso ocupar los primeros
puestos en el ‘Libro de Familia’ de Santander. En la historia más
reciente de esta ciudad José Sanz Tejera ‘Cioli’ es uno de ellos. Más
de seis décadas lleva este santanderino, de la calle del Sol, sin
apenas faltar un solo día a su cita con la playa, la de La Magdalena,
claro. Panadero de profesión y socorrista por devoción, más de un
centenar de personas le deben la vida. Sus amigos destacan su humildad,
generosidad y gran humanidad como principales rasgos de su carácter.
Altruista hasta la ‘médula’. Por algo será.
“Empecé
de niño ayudando a mi madre a repartir el pan en Castelar. Con 9 años,
cuando libraba, me iba a Puertochico a mirar los barcos, limpiaba el
pescado y después lo vendía, y de allí me iba al cine. Cuando los
barcos no salían ayudaba a peinar bolos en la bolera de David (ubicada
en el solar que ahora ocupa la Diputación). Y con unos 12 años, en la
rampa de San Martín, aprendí a nadar”. Así es como Cioli recuerda el
nacimiento de un ‘idilio’, con la mar, que ha durado más de siete
décadas.
No sería nada extraño pensar que un joven José
Sanz Tejera se levantó un día de buena mañana y se propuso, a partir de
ese instante, bajar todos los días a la playa a ‘pegarse’ un baño,
hiciese el tiempo que hiciese. Aunque no se lo planteó así, a sus 87
años su historia ha estado marcada por este peculiar estilo de vida. No
se sabe si Cioli escogió esta vida o fue ésta la que le escogió a él.
¿Estaba predestinado? El lo tiene más que claro: “Si volviese a nacer
haría lo mismo. He sido y sigo siendo muy feliz”.
Admirado,
querido y respetado por una ciudad que le ha rendido pleitesía en
numerosas ocasiones, a Cioli, con esa humildad que lleva por bandera,
siempre se le iluminan los ojos cuando cuenta orgulloso cómo en su día
a día las gentes de esta tierra, de varias generaciones, le buscan con
la mirada para ser correspondidos con ese afectuoso saludo que este
hombre tiene siempre preparado para quien lo requiera… que no son
pocos.
Su labor como socorrista empezó de manera casual.
A principios de la década de los 50, cuando Cioli y su cuadrilla de
amigos se dirigían al ‘baile’ que cada fin de semana tenía lugar en
Somo y en Pedreña, divisaron a tres personas que tenían dificultades
para salir del agua. Dos de ellos consiguieron salir, pero al tercero
hubo que ir a ayudarlo. “La mar estaba bastante revuelta y las olas me
devolvían a la orilla cada vez que me metía en el agua para rescatarle.
Al final, con la ayuda de un neumático que me dejaron logré sacarle”,
comenta Cioli. Fue ahí cuando se empezó a forjar su leyenda. Desde
entonces, cuando había alguna emergencia, al grito de “Cioli, Cioli…”
se requería su presencia para que acudiera al auxilio de algún bañista.
Y si no, un consejo a tiempo siempre podía evitar males mayores. Nadie
mejor que él para saber que muchas de las emergencias se debían a esas
pequeñas imprudencias de la gente. “Algunas veces he avisado de que
estaban cometiendo una imprudencia, no me han hecho caso y he tenido
que ayudarles a salir del agua, aunque la mayoría de las veces no
pasaba”, cuenta Cioli con gesto de condescendencia.
Altruismo
A
lo largo de su vida son incontables las ocasiones en las que ha acudido
a socorrer a alguien, pero en su haber cuenta con unos 140 rescates.
“No los he contado nunca, normalmente me enteraba de quién era la
persona a la que había socorrido por los periódicos. Nunca he dado
importancia al hecho de salvar a más o menos gente”, afirma Cioli.
Sobre este particular da buena cuenta Juan Arrollo –uno de sus grandes
amigos- cuando dice como “estaba aquí hiciese el tiempo que hiciese sin
darse ninguna importancia, y cuando había algún problema el que estaba
para todo era Cioli”.
Uno de los capítulos que el propio
Cioli recuerda con más cariño, y que demuestran ese lado tan humano que
sus amigos le reconocen, es el que tuvo como protagonista a un perro:
“Venía del Sardinero y cuando estaba llegando a La Magdalena me
avisaron de que un boxer se estaba ahogando. Llevaba más de media hora
atrapado en el ‘muerto’ de uno de los barcos. Cuando lo vi se me cayó
el alma a los pies. Apenas le quedaban fuerzas. Al acercarme me
enganchó con las pezuñas –enseña los brazos con las cicatrices aún
visibles- y cuando logré desengancharle le dije: Ahora campeón te voy a
soltar y vas a nadar solo. Pues llegó antes que yo a la orilla y luego
me lo agradeció a su manera. Muchas veces son mejores que las
personas”. También guarda en la memoria alguna que otra mala
experiencia, como las dificultades que tuvo para rescatar a un ‘tipo’
que pesaba unos 115 kilos.
La playa de La Magdalena
El
centro de operaciones de José Sanz siempre fue el Balneario de la playa
de la Magdalena, y es allí donde ha pasado media vida; la otra media,
hasta que se jubiló, fue panadero. “He trabajado 46 años de panadero y
el resto de mi tiempo libre he sido socorrista”, afirma. Ahora sigue
disfrutando de este emplazamiento, pero de otra manera. “Allí es donde
he hecho la vida. Es mi segunda casa. Siempre he estado muy a gusto, he
sido millonario en amigos”, reconoce. Ramón de la Piedra, dueño del
Balneario, corrobora esta versión: “Para nosotros es uno más de la
familia, el Balneario es su casa. La relación ha existido desde
siempre, llevamos 30 años llevando este negocio y hemos convivido día a
día con él, con sus anécdotas…”. Como aquella que cuenta Ramón, con una
sonrisa de oreja a oreja, en la que un bañista que estaba cogiendo
mejillones tuvo la idea de meter todos lo que iba recolectando en el
bañador, con tan mala suerte que uno de ellos se ‘agarró’ a sus partes.
Tras varios infructuosos intentos de liberar al cazador cazado, Cioli
solucionó la ‘papeleta’ echando agua oxigenada.
Pero no
sólo estaba en la playa con sus prismáticos amarillos para asegurarse
de que no ocurriese nada, también hacía, y hace, las veces de hombre
del tiempo, como lo atestigua Ramón de la Piedra, para quién “además de
su generosidad en el socorrismo, mucha gente viene a preguntarle el
tiempo que va hacer al día siguiente. Es una persona muy cariñosa y muy
querida”. En definitiva, Cioli es una ‘parte’ fundamental de la playa
de La Magdalena. Sería, de alguna forma, el protagonista de esa postal
de la playa con el balneario de fondo. El gerente del mismo también la
imagina, pero cambiando el orden de aparición: “Yo pondría primero a
Cioli. Es una persona muy humana, generosa y que se ha dedicado dentro
de sus posibilidades a ayudar a los demás”.
Reconocimientos
‘El
Ayuntamiento de Santander a Cioli, salvador de cien vidas. Santander,
1983’. Así reza una placa que se encuentra en uno de los accesos a la
playa situados en la avenida Reina Victoria. Este es uno de los
múltiples homenajes, quizás el más significativo por el emplazamiento
del mismo, que ha recibido a lo largo de su vida. A Juan Arrollo no le
extraña que Cioli reciba tantas muestras de cariño, para él es una “de
las mayores instituciones que hay en Santander. Es una persona
conocidísima a todos los niveles. Todos los alcaldes le han querido y
respetado mucho.
Es una persona que irradia mucha
ternura”. Pero, para Juan, el mejor reconocimiento que se le puede
hacer es en el día a día “charlar con unos y con otros… Si ahora le
llevas a correos a coger una carta, del aparcamiento al interior le
paran unas 40 veces, todo son besos, saludos, cariño… Ahora cualquier
chaval joven que pasa por delante de él siempre le dirige un saludo. Es
entrañable”.
Hoy en día Cioli pasa sus días en la
Residencia Marcano, pero basta que asome un rayo de sol por la ventana
para que a primera hora de la mañana ya se esté preparando para pasar
el día en La Magdalena. Juan Arrollo, que le conoce bien, tiene claro
que sino fuera por la playa, el salvamento y los amigos, Cioli sería
“otro anciano más de 87 años que vive en una residencia. Otra persona
de su edad pasaría más desapercibida, pero él es una figura que
enternece, que hace mucho por los demás. Es llana, sincera e íntegra.
Lleva el altruismo por bandera. Jamás ha hecho nada por una recompensa”.
El
día a día de José Sanz Tejera se centra en quedar con sus amigos,
charlar, leer el periódico y, porque no, discutir de fútbol. Y sabe
bien de lo que habla, ya que ha sido el invitado de honor en algunos de
los partidos más importantes que ha disputado su equipo, el Racing de
Santander. “Tiene una fortaleza física y una memoria impresionante. La
vida que tiene él ahora mismo es muy buena y, además, es la que él ha
querido. Y ese es el secreto de la vida”, destaca Juan Arrollo.
Pero
no todo es de color de rosa, siempre tiene que haber algún episodio
desagradable y en la memoria de los cántabros siempre quedará grabado
aquel incidente ocurrido hace años en un light night muy conocido. Al
igual que la mayoría de la gente a la que se le pregunta por este ‘mal
sueño’, Juan Arrollo, que todavía no da crédito a lo que ocurrió,
muestra, hoy en día, su más absoluto rechazo: “Intentar ridiculizar a
una persona sencilla para ganar audiencia me parece lo peor. No hubo
derecho a que hicieran aquello. Hay que enterarse bien de quién es
Cioli, una persona que expone la vida para ayudar a los demás, y que
sólo por eso merecería un monumento”.
Pero José Sanz
Tejera ‘Cioli’ tampoco le da mucha importancia. Cuando se le pregunta
quién es, su respuesta no deja ningún resquicio para la duda: “Uno que
se dedicó a salvar gente, siempre de una forma altruista, sin cobrar ni
pedir nada a cambio”.