El pasado mes de enero falleció a los 74 años Nicolás Ochoa ‘Kalín’, uno de los personajes más emblemáticos de Santander. Con él se va el símbolo de una época, de un estilo de vida, cuyo epicentro se encontraba en los barrios de Puertochico y Tetuán. Raquero, empresario, deportista, marinero, colaborador de radio, escritor ocasional…, este hombre polivalente, y optimista donde los haya, deja tras de sí muchos amigos y un sin fin de recuerdos y anécdotas plasmadas en su libro ‘El Puertochico que yo conocí’.
A veces uno puede creer que la leyenda de Nicolás Ochoa ‘Kalín’ se empezó a gestar, de alguna manera, mucho antes de que él naciera. El patriarca de los Ochoa, ‘Colás’, ya era entonces una persona conocida por los vecinos de Puertochico y Tetuán, pues era el propietario de algunas embarcaciones y trabajó como empleado en las gasolineras de Puertochico, situado en la misma rampa que lleva su nombre, y del Barrio Pesquero. Esta circunstancia hizo que Kalín tuviera, o se labrara, una estrecha relación con los pescadores que iban a llenar sus depósitos al surtidor de su padre, tarea que años más tarde, y entre otras, ejercería el mismo.
Su afición por la mar le vino desde muy joven, ya que su padre le solía sacar muy a menudo a navegar por la bahía. Una costumbre que no dejaría de practicar nunca, ya que durante muchos años salió todas las mañanas a pescar en un bote muy pequeño.
Aunque era el sexto de 11 hermanos, siempre ocupó el ‘cargo’ de primogénito. Es casi seguro que la fama de gran conversador que tenía, su labia, y ese gusto por hacer la vida en la calle ayudase no solo a llevar siempre la voz cantante sino también a cimentar esa ‘carrera’ de personaje popular que le caracterizó y que se extendió por toda la ciudad siendo él muy joven, aunque siempre teniendo como referencia el barrio de Tetuán, el que le vio nacer allá por 1935. Muchos de sus conocidos coinciden al destacar de él que era una persona a la que le gustaba mucho conversar y que tenía una gran capacidad de aprendizaje, una curiosidad innata por todo.
Los ‘raqueros’
Nicolás Ocho no se movió de su barrio en sus 74 años de vida. Siempre vivió en la misma casa, algo que definitivamente ayudó a que el personaje perviviera en la memoria de muchos. “Cuando iba por la calle se paraba con todo el mundo a hablar, saludaba a todos. Tenía muchos amigos. Era una persona muy afable, dicharachera, con el que era muy fácil entablar una conversación, lo que hacia que todo el que estaba a su lado le tuviese mucho aprecio y le quisiese mucho”, cuenta su sobrino Pablo.
Tanto su vida personal como laboral estuvo enmarcada en ‘su’ barrio, algo que le hizo tener una relación muy especial con los famosos ‘raqueros’. Es más, fue considerado como uno de los últimos de esta especie, pero más como un símbolo de una época, de un estilo de vida donde las relaciones de vecindad eran un mundo con personalidad propia.
No es casualidad que una de sus aficiones fuese la de tirarse a la bahía a por la monedas que tiraban los turistas, aunque, como afirma su sobrino Pablo, “si bien algunos lo hacían por necesidad, él se lo tomaba como una actividad o una costumbre más de la calle”. Ni que decir de su conocida destreza a los mandos de la moto, de esos malabarismos con los que durante mucho tiempo deleitó a los vecinos de Marqués de la Hermida o a los que se acercaban a los Campos de Sport del Sardinero. Unas piruetas que tenían más mérito si tenemos en cuenta que siendo joven la polio le dejó una leve cojera, algo que nunca supuso un impedimento para Kalín, ya que también demostró ser un gran deportista al participar como internacional, en la modalidad de vela adaptada, en los Campeonatos del Mundo de Birmingham (Inglaterra) y en la Paraolimpiada de Atlanta ´96. “Creo que es él el que va creando su propia figura a partir de hacer cosas distintas a las que se hacían entonces y que llamaban mucho la atención”, señala Pablo López, sobrino de Kalín.
Si incursión en el mundo de los negocios no sólo se circunscribió a las gasolineras de Puertochico y Valdecilla, ya que durante muchos años regentó una tienda de deportes que, de alguna forma, se convirtió en zona de paso obligado para muchos pescadores. La excusa: cambiar impresiones con Kalín sobre las últimas capturas realizadas o, simplemente, charlar un rato.
Personaje mediático
Tuvo tiempo para todo esto… y para más. Durante años estuvo colaborando en el programa de la Cope ‘Las Mañana en Cantabria’ ampliando no sólo su abanico de amigos sino también su popularidad. Aquí empezó de manera casual, gracias a los partes del tiempo que facilitaba al programa tras su preceptivo paseo matinal por la bahía. De ahí, y dado su carácter abierto y simpático, pasó en poco tiempo, a instancias del propio director del programa, a colaborar de manera habitual en el mismo. Se caracterizaba por ser un hombre de costumbres fijas. Le encantaba madrugar para dar una vuelta por el barrio o por la bahía en su bote y departir diariamente con los jubilados en la rampa del ‘Sordo’. Chuchi Guerra, director de ‘La Mañana en Cantabria’ comentaba desde los micrófonos de la Cope el recuerdo que dejó Kalín en todos los que trabajaron con él: “Es difícil rellenar el hueco que ha dejado en la radio porque era una persona muy polivalente, daba mucho juego. Se le prestaba atención a cualquier cosa que dijese, por muy nimia que fuese. Era una persona entrañable, serio para las cosas importantes y pícaro para las intrascendentes”.
El periodista y cronista Mann Sierra dijo de él que “forma parte de esos personajes populares que van desapareciendo (…), que vivían tan unidos al pueblo que eran la esencia de éste en muchos aspectos. Con él desaparece algo importante, algo nuestro, se va una época (…). Era de estos personajes que guardaban, sostenían y transmitían todas esas historias que han conformado nuestra ciudad durante muchos años”.
Sus recuerdos
Como no podía ser de otra manera, todas esas vivencias, que en muchos casos protagonizó, las plasmó en un libro que vio la luz en 2007: ‘El Puertochico que yo conocí’. El barrio en el que se había criado y en el que siempre vivieron sus padres le sirvió para hacer acopio de muchas historias y anécdotas que se dieron a lo largo de su vida, y cuya experiencia vital, en el fondo, se podían extrapolar a los demás barrios de la ciudad. Al final de lo que hablaba era de ese Santander de los años 50/60. Conocía la vida y las historias de todo el mundo que vivía allí, porque él se había ‘criado’ en esas calles. En el libro recoge las historias de personas y personajes que conformaron la vida de Puertochico y de Tetuán durante muchos años, aquella vida que no aparece en libros ni en los periódicos. “El contaba todas esas historias y anécdotas en el libro tal y como lo hacía en los bares con los amigos. Al final acabó siendo parte de esas historias y se creo su propio personaje, convirtiéndose de alguna manera en uno más de las historias de las que hablaba”, asegura Pablo López. Una parte del prólogo de ‘El Puertochico que yo conocí’ deja clara la intención de Kalín al escribir este libro: “…mi intención era recordar lo mejor de una época a quienes estamos en la ‘edad de júbilo’, y a los jóvenes reflexionar un poco lo mucho que tuvieron que luchar sus mayores para conseguir la calidad de vida que tenemos ahora…”.
Tal fue la magnitud que alcanzó Kalín en Santander que hasta la televisión francesa le eligió como ‘guía’ de lujo para que le mostrase los rincones más emblemáticos de la ciudad en un reportaje que estaban preparando sobre una de las bahías más bonitas del mundo, la de Santander. Así, un Nicolás Ochoa orgulloso reconocía ante las cámaras la ‘creciente’ pasión por su tierra: “Estoy enamorado de Santander, cada día más”. Y de esta manera ‘cantó’ la hermosura de nuestra bahía, las excelencias de nuestros pescados en el Mercado de la Esperanza, la historia de los ‘raqueros’ apostado frente al Club Marítimo o la vida de los pescadores del Barrio Pesquero. Genio y figura… D.E.P.



