Hay aventuras que no dejan indiferente a nadie, destinos que atrapan al viajero nada más cruzar esa frontera hacia lo desconocido. Marruecos atesora en su interior multitud de rincones para perderse a lomos de una moto. País de contrastes, recorrer 2.000 kilómetros entre el verde montañas o el ocre de sus desiertos atravesando gargantas tan profundas que parece que todo lo engullen se convierte en una experiencia única. Buena cuenta de ello dan siete moteros cántabros que, entre el calor y la sencillez de los lugareños y la riqueza de su cultura, se adentraron durante 10 días en las entrañas del país alauita para ser protagonistas de un viaje que no defraudó. Repetir.., ¿por qué no?
Llegó el día. Ricardo, Carlos, Ángel, Fede, el ‘Peque’, Javi y Santos, los siete ‘cronoaventureros’ de la expedición, parten rumbo a Tarifa para embarcar en el ferry que les llevará hasta Tánger. Ya no hay marcha atrás. La aventura que vivirán los próximos 10 días, seis de los cuales los pasarán prácticamente subidos a una moto, les dejará un recuerdo imborrable de su paso por tierras alauitas.Como suele ser habitual antes de comenzar cualquier viaje, y más si son de estas características, las reuniones previas a la partida para marcar el itinerario se han sucedido en las últimas semanas. Una planificación que engloba las pautas básicas a seguir y cuya letra pequeña les permite pequeñas dosis de improvisación. Es parte del encanto.
De ahí que los moteros traten de cumplir el rutómetro establecido sin agobios ni prisas, conociendo los puntos de partida y de llegada, pero sin saber muy bien dónde van a planchar la oreja después de recorrer una distancia media diaria de unos 300 kilómetros, es decir, unas 8 ó 9 horas, y siempre supeditadas al grado de dificultad de la ruta y a las paradas realizadas para reponer fuerzas, visitar los sitios más singulares o simplemente llenar el depósito… o vaciarlo.
La filosofía del viaje o, lo que es lo mismo, recorrer casi dos mil kilómetros en moto por carreteras, pistas, caminos y desiertos es ya de por sí una aventura, en la que también hay un espacio reservado para disfrutar de todo aquello con lo que uno se va cruzando a medida que el cuentakilómetros va sumando enteros.
El día a día de esta excursión se reduce casi por completo a hacer kilómetros y más kilómetros a velocidades que oscilan entre los 40 y los 100 kilómetros/hora: a 100 si es por carretera, 70 si van por las pistas del desierto, 40 por pedregales y algo menos si se adentran en los arenales del desierto. Hay que tener en cuenta que estas palizas en moto son agotadoras, y si a esto le sumamos que las condiciones climatológicas, las características de las pistas, la tensión, el calor o la falta de visibilidad no acompañan se agudiza el cansancio y la aventura cobra un nuevo significado. Es importante estar en forma porque tantas horas en moto terminan por agarrotar los antebrazos, entre otras cosas. Por ejemplo, si se va deprisa se hace físicamente muy duro, pero si se va despacio la parte donde termina la espalda se resiente por la dureza de las amortiguaciones. En resumidas cuentas, que hay que hacer los preceptivos estiramientos antes y después de la ruta, y en el transcurso de la misma es recomendable consumir bebida isotónica para reponerse del desgaste.
Conviene recordar que las paradas en estos viajes no responden a una ciencia exacta, es decir, por los kilómetros recorridos: unas veces es necesario hacer varias paradas en tramos cortos, sobre todo por las complicaciones del terreno y la climatología, y en otras uno puede estar horas sin separar sus manos del manillar antes de apearse para dar un respiro. Esta es, sin duda, la parte que no se puede controlar: pinchazos, caídas, descansos, paradas de orientación…
También es aconsejable que alguno de los moteros tenga conocimientos de mecánica para salir al paso de posibles averías y poder continuar la marcha. Entre los protagonistas de este viaje había algún que otro MacGyver, por lo que quedarse ‘tirado’ con la moto estropeada en mitad de la nada, teniendo como único paisaje las montañas de arena del desierto marroquí, no era cosa fácil… siempre que la avería tuviera arreglo, claro está. Aunque esto también puede ocurrir si no se va sobrado de gasolina, por eso es necesario calcular bien los kilómetros que se van a hacer por ruta, ya que el respostaje puede suponer un problema al no haber muchas gasolineras. No está de más llevar botes con combustible en la moto para evitar escuchar aquello de: “Ya sabía yo que iba a pasar esto”.
No hay que olvidarse de otro aspecto fundamental para viajar con la tranquilidad que da saber que se cuenta con la equipación adecuada. El equipo completo, o camel-back, debe estar compuesto por el mono, protecciones, coraza, gafas, traje de agua, cazadora, ropa normal… y, por supuesto, la moto, cuyas características deben adecuarse al tipo de experiencia que se quiere vivir. La mayoría de los moteros que se acercan a Marruecos hacen muchos kilómetros de carretera desde Ceuta y Melilla en motos de Trail de 650cc por su autonomía y fiabilidad. Sin embargo, los protagonistas de este viaje se salieron de la norma y bajaron con los coches y los remolques hasta el Atlas. De esta manera, evitaron la carretera y probaron a hacer el recorrido en motos de Enduro de 250 y 400 cc, variando los desarrollos y la carburación. La elección fue la correcta porque con depósitos de 9,5 litros tenían una autonomía de 160 kilómetros. Además, es una máquina que tiene unas prestaciones que te permiten disfrutar más porque están preparadas para saltar por los desniveles, no se hunden en las dunas y se pueden hacer sopas en los arenales del desierto, maniobras que con las de Trail son más complicadas porque pesan unos 160 kilos, frente a los 100 de las de Enduro.
Ruta
El primer contacto con el interior de Marruecos comienza con el trayecto que une Tánger con Beni-Mellal. Una vez allí, y antes de dar el pistoletazo de salida, contratan los servicios de un lugareño, El Hassan Kaki, que se encarga de trasladar durante toda la travesía, en un mini furgón de carga, los recambios de las motos y demás equipaje del grupo hasta el punto de destino previamente acordado. Al llegar, con una llamada de móvil fijaban el punto exacto para que El Hassan saliera a su encuentro. Y así todos los días. Después de cargar bien las pilas con un copioso desayuno empieza la aventura, una por día de ruta.
Primer día: Beni-Mellal (a unos 200 kilómetros al este de Marrakech) / Garganta del Todra (Tizi-n-isly, Imilchil, Agoudal y Ait-Hani). Carretera y pistas de piedra suelta hasta llegar al corazón de Atlas verde. Por el último tramo, una pista muy rápida, toman la carretera que conduce a la Garganta del Todra: situada cerca de Tinerhir, en el extremo de un valle de palmeras y de aldeas de adobe rodeada por montañas escarpadas y estériles, es una de las vistas naturales más famosas de Marruecos, unos 300 metros de pared a lo largo de un kilómetro, pero solamente de 20 en su punto más estrecho, con un río claro y cristalino que discurre a través de él y una pista asfaltada.
Segundo día: Garganta del Todra /Erfoud (Ait-aissa, Alnit y Tafrant). Carretera, pistas de pedregales y un último tramo de desierto (dirección Tafrant) donde nuestros expedicionarios estuvieron perdidos, debido a la gran cantidad de pistas que había, hasta que tomaron rumbo sureste para llegar a las dunas de Erg-Chebbri.
Tercer dia: Erfoud/Zagora (Taouz, de nuevo Tafrant y Tissemoumine). Durante esta travesía por el desierto, una tormenta de arena provocó que el grupo se separase, tres por un lado y cuatro por otro, durante unos 150 kilómetros. Los últimos 100 kilómetros de desierto que une Tissemoumine con Zagora fueron especialmente difíciles en cuanto a su conducción por la gran cantidad de piedras que poblaban las pistas.
Cuarto día: Zagora/Ait-Benhaddou (Iriki, Foum-zguid y Tazenakht). Una primera parte de este recorrido se hace por pistas de arena que bordean la cordillera, a cuyo paso se pueden divisar pueblos que parecen haber sido tragados por la arena. De Foum-zguid a Tazenakht se puede ir por carretera o por pista, mientras que para llegar a Ait-Benhaddou hay que atravesar un puerto, a unos 2.600 sobre el nivel del mar, por una complicada pista de piedra suelta. Esta última parada, Ait-Benhaddou, es una de las maravillas geológicas más impactantes del planeta, que se ha mantenido durante milenios como un universo aparte. Entre las oleadas de calor, el ocre del adobe de sus construcciones parece mezclarse con el terreno seco en el que antes fluía un gran torrente y que ahora se ha convertido en un terreno de cultivo. Coronando un risco de unos cien metros de altura, la antiquísima fortaleza o kasbah de Ait-Benhaddou aparece en el paisaje desértico como un espejismo. La huella para llegar hasta él asciende desde lo que alguna vez fue un río, y que a veces con las crecidas y las lluvias, renace y da vida a los cultivos que se desarrollan alrededor del pequeño poblado bereber, que se sostiene como un sueño más dentro de esta región. Aït Benhaddou, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, es además una localización privilegiada en la que Hollywood ha encontrado un verdadero filón, ya que este pueblo ha sido escenario de conocidas películas como: Lawrence de Arabia (1962); La Joya del Nilo (1985); Jesús de Nazareth (1977); La última tentación de Cristo (1988); La Momia (1999); Gladiador (2000) o Alejandro Magno (2004).
Quinto día: Ait-benhaddou/Marrakech, pasando por Achahoud, a través de una pista paralela al puerto de montaña, que les lleva a atravesar el alto Atlas hasta Marrakech.
Sexto día: Marrakech/Beni-Mellal (Demnate, Skatt, Cascadas de Ouzoud, Afourer). Nada mejor que despedir el último día de aventura realizando una visita a las famosas cascadas de Ouzoud, de 110 metros de altura, situadas en el gran Atlas, en la localidad de Tanaghmeilt (Azilal), a 150 kilómetros al noreste de Marrakech. Estas cascadas, de las más hermosas que hay en Marruecos y en el norte de África, son las más visitadas en esta región y están rodeadas de idílicos paisajes, así como de los desfiladeros de El Abid o preciosos ríos.
A excepción de los pequeños incidentes acaecidos en el desierto, los ‘cronoaventureros’ estuvieron de acuerdo a la hora de calificar esta aventura como “muy satisfactoria”. Un viaje en el que uno sólo corre los riesgos que quiere y en el que los sobresaltos brillan por su ausencia, siempre que, por ejemplo, se evite la conducción por la noche, ya que al tratarse de carreteras muy estrechas existe la posibilidad de encontrarse de repente con un burro en medio de la carretera o con dos lugareños en bici; y pretender esquivarlos, en el mejor de los casos, puede resultar fatal. En cualquier caso, aunque por suerte no hizo falta recurrir a ello, todos disponían de un seguro. Para realizar un viaje de estas características es recomendable que el grupo de moteros esté compuesto por un número de personas que va de los 5 a los 10, pero nunca solo.
Impresiones
A pesar de lo que se pueda pensar, el país alauita es bastante seguro y la gente es muy correcta y acogedora, sobre todo en las zonas de interior, donde el turismo no es ni de lejos su principal fuente de ingresos. La verdadera imagen del país norteafricano está lejos de los tópicos que muchas veces nos brindan los medios de comunicación. El auténtico Marruecos es más salvaje y sus gentes muy hospitalarias. Un pueblo cuya mirada trasmite una ilusión que se ve acrecentada cuando un visitante se convierte por unos momentos en uno más. La autenticidad de todo lo que rodea a sus pobladores y a su cultura es lo que realmente atrapa al viajero.
La nota predominante del viaje ha sido el compañerismo. El denominador común de los siete moteros ha sido esa sensación de libertad que les da la moto. Y compartir este sentimiento ya es un punto a favor para que el viaje no se convierta en una pesadilla. Si hay algo que caracteriza a los moteros es, en líneas generales, el buen rollo. En Marruecos, concretamente, la convivencia fue perfecta, y en ningún momento a nadie se le ocurrió dejar atrás a los compañeros de viaje. Iban a disfrutar de unas vacaciones, no a competir. También es verdad que no siempre salen las cosas como uno quiere, el compañerismo al fin y al cabo no es patrimonio de moteros, sino de las personas, con nombre y apellidos, que formaban parte de este peculiar convoy.
Esta experiencia es apta para todos los bolsillos, aunque siempre conviene llevar algo de más en la recámara porque, aunque el trato de la policía es muy correcto, hay veces que es inevitable tener que pagar el ‘peaje’ para continuar el viaje. A partir de aquí, la experiencia, la resistencia y la preparación de cada uno juegan un papel importante ante posibles complicaciones.
Como dicen los marroquíes: “No prisa, no prisa. Prisa mata”.
De eso se trata. Objetivo cumplido.



